1993 Entre dos Fuegos

Textos y fotos: Verónica Sáenz

Hace frío sobre los 3.000 metros de altura. La comunidad de Occro duerme la noche mientras las manos secas y agrietadas de Teo­doro intentan ajustar con un alam­bre el cañón de su escopeta. Atarlo a la culata, para tener mejor puntería. Teodoro se arropa con el poncho y calza el chullo en su cabeza. Se pasa con la lengua, de un lado a otro, el bolo de coca y lo succiona de cuando en cuando, para no sen­tir el hambre, el frío, ni el cansancio.

Teodoro Quinchiza está de guar­dia en la torre de vigía. Se ha quedado estático apuntando a la nada de los cerros hasta el amanecer: «Ayacucho está cansada, señorita. Tantos muertos y tanta violencia le han quitado la sonrisa».

A finales de la década del 70, la Universidad San Cristóbal de Huamanga estaba en su apogeo. De sus claustros surgieron figuras lite­rarias y políticas, actores en una época de cambio. Entre ellos Abi­mael Guzmán Reynoso, ideólogo y líder de Sendero Luminoso, direc­tor de los últimos 13 años de violencia política en el Perú.

En los últimos años de dictadura militar del general Miguel Morales Bermúdez, existía en la ciudad de Ayacucho una caldeada oposición política de izquierda, de clara ten­dencia maoísta. Abimael Guzmán Reynoso, era entonces profesor en Derecho y Filosofía en la Universidad de Huamanga, y con gran peso político en la agrupación comunista Patria Roja. Abimael Guzmán sostenía que era el momento propicio para iniciar la lucha armada «desde el campo a la ciudad para lograr la toma del poder». Guzmán se separa, llevándose parte de los militantes de Patria Roja, y forma la agrupación maoís­ta Por el Luminoso Sendero de José Carlos Mariátegui.  Con el tiempo, se dejarían llamar «Partido Comu­nista del Perú – Sendero Luminoso, reivindicando así sus atentados».

Poco después Abimael Guzmán se autoproclama «presidente Gonzalo» pasando a la ilegalidad, y escribe un documento, el «Pensamiento Gonzalo», doctrina que toma del marxismo la dialéctica; del leninis­mo, la tesis sobre el imperialismo, y del maoísmo, la teoría militar del proletariado. El 17 de mayo de 1980 -la noche anterior a las elecciones democrá­ticas- Senderó Luminoso inicia la lucha armada quemando las urnas electorales de un pequeño pueblo ayacuchano. La consigna era “agitar el campo”.

Y en la sierra sur existía -y existe- la necesidad de un cambio. Las comunidades andinas, sumergidas en el atraso y en el olvido, estaban dispuestas a tomar un nuevo rumbo. Sin embargo, la ilu­sión duró poco tiempo.  El auto­ritarismo y la violencia de Sendero Luminoso transformó aquel senti­miento, en terror absoluto. Los comuneros estaban desconcertados con este rugido de violencia. Las columnas armadas de Sendero caminaban por los cerros, visitándolos. Llegaban al amanecer, reunían a la gente en la plaza del pueblo e impartían su propia jus­ticia. Entonces se llevaba a cabo el “juicio popular”, en el cual com­prometían a algunos comuneros a asesinar, delante del resto de la población, al alcalde o autoridad, que se opusiera y al que tuviera un pariente policía o militar.

Los “juicios populares” suelen ser sangrientos. Sendero no desperdicia balas. Los “ajusticiamientos” gene­ralmente se realizan con otros métodos, como   rompiéndoles la cabeza con una piedra, lanzas o herramientas de labranza. Luego de nombrar nuevas autoridades “del partido”, los senderistas obligaban a los profesores a impartir a los alumnos los acuerdos, normas y principios del Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso.

Las primeras Rondas. En 1986 el campesinado ayacuchano estaba cansado de tanta violencia política. El campesinado se encontraba en un sándwich de violencia. Estaba siendo acosado tanto por Sendero Luminoso como por las Fuerzas Armadas. No le queda otra alternativa y se ve obligado a optar. O lucha contra Sendero o contra el ejército. 

Así nacen las primeras Rondas Campesinas. Campesinos armados con rústicas lanzas, machetes y cuchillos, quienes defienden a sus comunidades de los ataques de Sendero Luminoso. El Ejército Peruano no confiaba al principio en las Rondas Campesinas. Pensaba que, si armaba al campesinado, éste se podía volcar, tiempo después, contra ellos y entregarle las armas al terrorismo

Los ronderos sufren, a partir de entonces, la venganza de Sendero por haberse organizado. Las columnas senderistas bajaban por los cerros, con superioridad numérica y con armamento más sofisticado. Cientos de comuni­dades fueron masacradas. 

En 1990 el Gobierno y el Ejército, entendiendo como necesaria la par­ticipación de las rondas en la lucha antisubversiva, decidieron intensifi­car su formación, no sólo en Aya­cucho, sino también en el resto del país, donde hubiera “Zonas Rojas” por liberar. Para ello provee a las Rondas Campesinas de escopetas Winchester, efectivas solamente para un ataque a corta distancia. Algunas comunidades reciben entrenamiento militar.

Sin embargo, las armas, las muni­ciones y el entrenamiento resulta­ban escasos para derrotar a la sub­versión. A los ronderos no les que­ da más alternativa que fabricar ellos mismos sus armas, fusiles llamados “tirachas” o “hechizos” -de tiro a tiro-, para enfrentarlos con más dignidad, aunque éstas tengan menor alcance y sean menos efectivas que las mismas Winchester.

La organización de las rondas de autodefensa civil ha significado un golpe bajo para Sendero Luminoso. En primer lugar, porque le quitan masa para sus bases de apoyo. En segundo lugar, restringen su terreno de acción. Por otro lado, el rondero conoce sus cerros, camina ágilmen­te en la altura y encuentra con facilidad -más que el ejército- el desplazamiento de las columnas Sendero Lumi­noso. Por último, los ronderos son los solados que el ejército no tiene para resguardar a todo el territorio.

Hoy en todo el Departamento de Ayacucho hay más de quinientas comunidades constituidas en ron­das. La estrategia ha consistido en organizarlas en forma de espiral a partir de una base o patrulla del ejército, a modo de irle quitando terreno a la subversión. Es de supo­nerse que ante un ataque sende­rista, el ejército acude a prestar refuerzos.  Pero   ello   no   siempre -casi nunca- sucede, menos aún con las comunidades que recién están tomando la decisión de orga­nizarse, que son las que se encuentran en el límite de la espiral.

 Para contrarrestar el fortaleci­miento de las rondas y quizá basa­dos en los excesos cometidos por algunos ronderos, los «Comandos» -jefes ronderos- son acusados ante la fiscalía por abuso de autoridad o robos de tierra o ganado. La intención de Sendero es des­prestigiar internacionalmente a los Comités de Defensa Civil para obligar al Gobierno a retirarles el apoyo logístico.

La situación de los ronderos ha sido dramática hasta poco tiempo atrás. “El Gobierno suspendió los créditos agrarios, nos pagan pre­cios bajos por nuestros cultivos, tenemos que perder horas de trabajo para defender a nuestra comu­nidad y encima, si un rondero muere, el Estado no ayuda a los huér­fanos y a la viuda, no nos da medi­cinas para curamos, no nos dan suficientes armas, ni municiones, ni sistemas de comunicación para avisarles en caso de ataque”, -declaraba a DIARIO 16, Filiberto Quispe, rondero de la comunidad de Pachas.

A finales de 1992, el presidente Alberto Fujimori aprobó la ley de Rondas Campe­sinas, legalizándolas y dándoles algunos beneficios. Sendero Luminoso hoy siente la derrota en el campo, fortaleciendo sus bases en los sectores marginales de las grandes ciudades; y Ayacu­cho -como dice Teodoro- “está can­sada de tanta violencia y muerte”. Violencia que ninguna injusticia social puede justificar.

Las primeras Rondas. En 1986 el campesinado ayacuchano estaba cansado de tanta violencia política. El campesinado se encontraba en un sándwich de violencia. Estaba siendo acosado tanto por Sendero Luminoso como por las Fuerzas Armadas. No le queda otra alternativa y se ve obligado a optar. O lucha contra Sendero o contra el ejército. 

Así nacen las primeras Rondas Campesinas. Campesinos armados con rústicas lanzas, machetes y cuchillos, quienes defienden a sus comunidades de los ataques de Sendero Luminoso. El Ejército Peruano no confiaba al principio en las Rondas Campesinas. Pensaba que, si armaba al campesinado, éste se podía volcar, tiempo después, contra ellos y entregarle las armas al terrorismo

Los ronderos sufren, a partir de entonces, la venganza de Sendero por haberse organizado. Las columnas senderistas bajaban por los cerros, con superioridad numérica y con armamento más sofisticado. Cientos de comuni­dades fueron masacradas. 

En 1990 el Gobierno y el Ejército, entendiendo como necesaria la par­ticipación de las rondas en la lucha antisubversiva, decidieron intensifi­car su formación, no sólo en Aya­cucho, sino también en el resto del país, donde hubiera “Zonas Rojas” por liberar. Para ello provee a las Rondas Campesinas de escopetas Winchester, efectivas solamente para un ataque a corta distancia. Algunas comunidades reciben entrenamiento militar.

Sin embargo, las armas, las muni­ciones y el entrenamiento resulta­ban escasos para derrotar a la sub­versión. A los ronderos no les que­ da más alternativa que fabricar ellos mismos sus armas, fusiles llamados “tirachas” o “hechizos” -de tiro a tiro-, para enfrentarlos con más dignidad, aunque éstas tengan menor alcance y sean menos efectivas que las mismas Winchester.

La organización de las rondas de autodefensa civil ha significado un golpe bajo para Sendero Luminoso. En primer lugar, porque le quitan masa para sus bases de apoyo. En segundo lugar, restringen su terreno de acción. Por otro lado, el rondero conoce sus cerros, camina ágilmen­te en la altura y encuentra con facilidad -más que el ejército- el desplazamiento de las columnas Sendero Lumi­noso. Por último, los ronderos son los solados que el ejército no tiene para resguardar a todo el territorio.

Hoy en todo el Departamento de Ayacucho hay más de quinientas comunidades constituidas en ron­das. La estrategia ha consistido en organizarlas en forma de espiral a partir de una base o patrulla del ejército, a modo de irle quitando terreno a la subversión. Es de supo­nerse que ante un ataque sende­rista, el ejército acude a prestar refuerzos.  Pero   ello   no   siempre -casi nunca- sucede, menos aún con las comunidades que recién están tomando la decisión de orga­nizarse, que son las que se encuentran en el límite de la espiral.

 Para contrarrestar el fortaleci­miento de las rondas y quizá basa­dos en los excesos cometidos por algunos ronderos, los «Comandos» -jefes ronderos- son acusados ante la fiscalía por abuso de autoridad o robos de tierra o ganado. La intención de Sendero es des­prestigiar internacionalmente a los Comités de Defensa Civil para obligar al Gobierno a retirarles el apoyo logístico.

La situación de los ronderos ha sido dramática hasta poco tiempo atrás. “El Gobierno suspendió los créditos agrarios, nos pagan pre­cios bajos por nuestros cultivos, tenemos que perder horas de trabajo para defender a nuestra comu­nidad y encima, si un rondero muere, el Estado no ayuda a los huér­fanos y a la viuda, no nos da medi­cinas para curamos, no nos dan suficientes armas, ni municiones, ni sistemas de comunicación para avisarles en caso de ataque”, -declaraba a DIARIO 16, Filiberto Quispe, rondero de la comunidad de Pachas.

A finales de 1992, el presidente Alberto Fujimori aprobó la ley de Rondas Campe­sinas, legalizándolas y dándoles algunos beneficios. Sendero Luminoso hoy siente la derrota en el campo, fortaleciendo sus bases en los sectores marginales de las grandes ciudades; y Ayacu­cho -como dice Teodoro- “está can­sada de tanta violencia y muerte”. Violencia que ninguna injusticia social puede justificar.

San José de Pata 

San José de Pata es una pequeña comunidad que forma parte del paisaje andino. Su situación geográfica la instala en el límite político entre las provincias de Ayacucho y Huancavelica, cuya única vía de acceso es por tierra, trepando durante veinte horas el camino agreste que parte de la ciudad de Ayacucho -en todo el departamento hay ya más de quinientas agrupaciones de las llamadas «Rondas Campesinas»-.

San José de Pata estaba situada en el límite de la espiral, al que los ronderos llaman «la frontera», donde termina el territorio liberado por los ronderos y el Ejército, y comienza la «zona roja» dominada íntegramente por el área de influencia de Sendero Luminoso. Sus comuneros habían solicitado armamento al Ejército Peruano, el cual se demoraba en llegar, por eso de «la…confianza».

Una madrugada de mayo de 1992, los campesinos dormían la borrachera de «chicha de jora», tras festejar la fiesta de la Virgen de la Asunción. Muchos habían dormido en la puerta de sus casas y hasta los que estaban de guardia sentían el sabor pastoso y somnoliento que producía de forma intensa el alcohol.

De pronto y antes de que muchos de ellos pudieran percatarse, una columna senderista bajó a la comunidad, matando con cuchillos y machetes a todo aquel que se encontrara en su paso. Los comuneros, sin armas, se defendieron con lo que pudieron, sin embargo, no lograron evitar el asesinato de un total de cuarenta y siete personas, entre ellas siete niños pequeños. En media hora, las calles de San José de Pata estaban bañadas por la sangre. Sendero Luminoso quemó algunas chozas de barro y paja y antes de marcharse dejaron claro que el ataque era una cuestión de absoluta venganza. El único modo de desafiar a Sendero Luminoso es con la muerte.

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