1995 Tribus Urbanas España

Textos y fotos: Verónica Sáenz

Mientras algunos sectores de la sociedad europea intentaban evitar la decadencia consumista planteando­ alternativas para un mundo mejor, como los movimientos ecologistas; otros, aburridos del establishment reinante comenzaron a crear contraculturas que obedecían, más que a razones políticas o filosóficas, a la posibi­lidad de inventar una moda y un estilo musical atractivo que los sacase del tedio existencial.

Inglaterra, 1970. Los mods intentaban sobrevivir vestidos como a principios de los sesentas. Ellos con elegantes trajes a medida y angostas corbatas, ellas: calzado “taco aguja” y sastrecito Chanel.  En la puerta de los pubs de moda, atrapados por las garras del consumo, lucían sus perfectos peinados franceses sobre sus relucientes motocicletas Vespas o Lambrettas, ataviadas con decenas de espejitos, mientras devoraban las últimas anfe­taminas de la noche al son del rhythm and blues norteamericano.

En la otra esquina de Picadilly Circus, un grupo de punks baboseaba bajo los efectos de los barbitúricos, la anárqui­ca destrucción del mundo nice. Sus pelos habían sufrido la descarga de 2,000 vol­tios, sus pies calzaban borceguíes y lleva­ban prendidos de sus casacas de cuero negro los símbolos con los que se identifi­caban: la asquerosidad del mundo, las cadenas, la muerte, el heavy metal. De Estados Unidos llegaban a Europa los mode­, los de las primeras bandas de motociclis­tas, hippies rudos y violentos, bebedores de cerveza y cultores de la grosería, copa­ban las calles y avenidas con sus ruidosas motos Harley Davidson.

Un nuevo ritmo se sumaba a este afán de ser distintamente iguales. Jamaica ha­bía llegado a Inglaterra. Atrás de las dora­das playas jamaiquinas que ofrecían las agencias turísticas, en la isla se estaba gestando un movimiento de protesta. Pro­testa porque el 77% de la población negra era dominada por un pequeño grupo de blan­cos, debía trabajar para sobrevivir en las minas de bauxita, en la recolección de la caña de azúcar, café o tabaco.

Un grupo de negros, negados a la ex­plotación, se marginaron de la sociedad. Fumaban marihuana con la mirada pues­ta en el vacío de su quietud y se dejaron crecer el pelo en largos tirabuzones, lla­mados por ellos sus roots, sus raíces. Es­tos marginados, llamados rastas, encon­traron en la música, la música negra de su sangre, una forma de protesta pacífica. Nacía el reggae.

Los rastas decían ser descendientes de una de las doce tribus extraviadas de Israel arrancados de las costas atlánticas de África y llevados como esclavos a Ja­maica. En el año 1927 un nacionalista ja­maiquino, Marcus Garvey, predijo el sur­gimiento de un nuevo emperador africa­no. Tres años después fue coronado en Etiopía el emperador Halle Selassie, des­cendiente directo de Salomón y la reina de Saba.

Los rastas jamaiquinos comen­zaron a adorarle como el salvador del pueblo negro y partieron con su música, a finales de la década del setenta, a Estados Unidos y Europa, antes de ingresar a Etio­pía, la tierra prometida. En la misma Jamaica, pobre y marginal, otro grupo negro surgía, a diferencia de los rastras, con una protesta más violenta y racista. Estos se llamaron los rude boy. Andaban con el pelo muy corto y provocando batallas campañas contra la policía: eran los cultures de la música ska. En los barrios underground de Londres, los mods que ya entraban en la decadencia, habían entrado en contacto con el ska.

Peter Maiden antiguo mananger del grupo musical mode The Who, decide, ante la necesidad de inventar un nuevo estilo, crear el hard mod. Los mods comienzan a cortarse el pelo y a cambiarse sus impecables camisas a medida por las no menos elegantes Ben Sherman, polos Fred Perry y mocasines Doc Martins. Una moda estilista poco accesible para el grueso de sus seguidores. Seguidores, trabajadores en su mayoría, que optaron por dejar la moda Buckingham para las discotecas y llevar de rutina, a bordo del transporte público, los vaqueros y borceguíes punks. A este estilo se lo llamó el skinhead look o cabezas rapadas y de aquí viene la costumbre del pogo, bailar dándose empujones, como si estuvieran dentro de un autobús.

El Circo se había repartido en las principales ciudades de Inglaterra, Francia, Holanda y Alemania occidental. La locura psicodélica de las drogas invadía Europa y formaban parte de esta sociedad de consumo llamada Tribus Urbanas. Los ácidos venían de Amsterdam, el hachís verde venía de Marruecos, el rojo del Líbano, el negro de Afganistán. Años 80. Los barbitúricos habían pasado de moda y la heroína comenzaba a seducir a la juventud. Una variada gama de sensaciones como escape a su pobreza espiritual. Los fabricantes, atentos a las modas, producían cientos de modelos que distinguían en su igualdad a los que pretendían ser diferentes. Aprovechando la explosión de nuevos ritmos, los productores musicales hicieron surgir a extraordinarios músicos, es su época.

A comienzos de la década de los ochenta los problemas sociales comenzaron a surgir en Europa. Los inmigrantes latinos ocupaban puestos de trabajo ante la desocupación de los nacionales. Los africanos traían la heroína, provocando el colapso de una sociedad vieja y cansada, agotada y decadente. Sumado a esto, la caída del muro de Berlín, justificaba el matiz político nacionalista y fascista, con el que se iban tiñendo los skinheads.

Al margen de esta variedad social, frente al problema de la vivienda, habían surgido en Londres los squatter. Personajes de diferentes tribus urbanas que se instalaban a vivir en forma comunitaria, en una casa o departamento que tuviese problemas legales con el Estado, ya sea por estafa o quiebra empresarial. Los squatter ocupaban la vivienda, manteniéndola y reparándola, hasta que una orden judicial les deparara otro destino.

Las tribus urbanas llegaron a España con un poco de retraso. Aún quedaba, a pesar del destape provocado por la democracia, las franquistas censuras mentales.Las tribus urbanas llegaron a España con un poco de retraso. Aún quedaba, a pesar del destape provocado por la democracia, las franquistas censuras mentales. Unos cuantos punks ponían cara de asco para escandaliza a las viejas pueblerinas que aún no lograban entender este cambio generacional. Pitucos mods bailaban en las discotecas de Aurrerá en Madrid, los rastas eran esos locos vegetarianos que bailaban reagge y se fumaban canutos de marihuana, vitamina para el espíritu, a diferencia del tradicional hash.

Los rude-boys, los hard mode, los eska­líticos, metálicos o raperos no la tenían tan clara pero allí estaban adornando los bares y las plazas de las ciudades es­pañolas. Ya estamos en los noventas. Dos gru­pos se mantuvieron sólidos en una Espa­ña que comenzaba a afrontar la enferme­ dad del consumo, la quiebra económica con 3 millones 500 mil parados. Los squat­ter, llamados okupas -antirracistas y anti­fascistas- quienes defendían la igualdad de razas, el derecho a la vivienda y a la in­sumisión, habían instalado tres grandes frentes. Los Vascos al norte como pione­ros, el grupo de choque, en Madrid, Mi­nuesa, como centro literario-cultural, y al sur, en Valencia, El Cassals, la comuni­dad okupa mejor organizada de toda Es­paña.  Por último, el grupo de los skin­heads, incentivados por el nacionalismo alemán y copiando a los seguidores de Le Pen en París, provocaban “por principios” enfrentamientos contra los okupas.

VALENCIA CASA ENKANTADA

Oscurece. La Valencia mora se ha convertido en un cómic. Una hilera de bares con mesitas en las veredas, en una calle cuyo nombre no importa. En uno de esos bares estamos Marina y yo. Marina intentando explicarme a los personajes de esta fauna humana y yo, intentando entender las laberínticas transformaciones, mientras esperábamos el permiso de los okupas para poder entrar en el Cassals. A los okupas no les hacía gracia los extraños y menos las fotos “…que es eso, hombre, como si fuéramos bichos raros” – comenta Miguel peinándose la cresta roja con saliva en la mano.  ¡Hasta espías de los skinheads podíamos ser!

Los emisarios regresan. Mañana podemos entrar. Hoy solo conversamos de sus cinco principios básicos. El primero, que no los fastidien. Que los dejen vivir en paz, integrados a la sociedad, con su rollo anticonsumista. El segundo, apoyan y protegen a los inmigrantes latinoamericanos y marroquíes de los fachos skinheads que les andan tirando palo. Tercero, están en contra de la heroína, aunque permiten cualquier otro tipo de drogas. Cuarto, en contra de las armas, de la mili -servicio militar obligatorio- y a favor de la insumisión. Quinto, la propuesta es la música, el hard rock. Quedó claro.

La casa okupa se levanta atrás de la Cruz Roja de Valencia. Es grande, muy grande. Sus paredes están escritas con graffitis o pintadas con esmalte. Todo es colorido y alegre. El bicho raro soy yo. Es la hora del almuerzo. Los okupas terminan su plato en el comedor vegetariano, uno de los sostenes económicos de la comunidad, pro es mejor dejar que ellos nos lo cuenten con sus propias palabras.

¿Cómo te llamas? –“Soy uno más. El nombre no importa sino el pensamiento de los okupas, y eso es de lo que te voy a contar”. Adelante….“En los años setenta ante la carencia de viviendas, algunos colectivos sociales juveniles comienzan a ocupar casas y departamentos. Algunas ocupaciones se dan solamente por el problema de la vivienda, otras, como la nuestra, intentan liderar un espacio para contrarrestar el sistema de consumo o capitalista. Este ligar sirve desde 1990 como centro social y cultural, donde se encuentran grupos antirracistas, ecologistas, feministas, anti represión, etc., que no quieren esperar a que se dé la gran revolución. La intención, es crear nuestro propio espacio liberado, aunque sea pequeñito, solidarizándonos con los grupos minoritarios que defienden razones justas. Aquí no hay sindicatos, no hay partidos políticos, no hay poder como tal. ¿Y cómo se sostienen económicamente? Mira, aquí vivimos 15 personas. Todos los sábados damos conciertos gratuitos y el dinero que recaudamos en el bar, uno de los cuatro sábados que tiene el mes, lo empleamos para mantener la casa. Los sábados restantes cedemos el local a grupos colectivos para que recauden dinero para sus propias causas.

También tenemos un comedor vegetariano para todo el que quiera venir. Al margen de esto, el centenar de personas que pasan diario por aquí, no vienen a establecer una relación comercial, sino a comunicarse, a participar en los talleres gratuitos de idiomas, marionetas o teatro. A crear una música distinta. Para ello hemos construido seis salas de ensayo que prestamos, gratuitamente, a 17 grupos musicales. La nuestra es una alternativa creativa para luchar contra el mundo consumista”. Una música e ideales que pronto se verán atrapados por el sistema… “Entonces seguiremos buscando alternativas”. ¿Y cómo viven la represión policial?  “Muy duro. Por ejemplo, el otro día la policía local le dio una paliza un marroquí llamado Jamir. Lo dejó sin cojones. Entonces nosotros nos lanzamos a la calle a protestar. A partir de ahí la policía se nos echó encima, también los skinheads.

¿Y cuál es la respuesta de la sociedad consumista ante vuestra propuesta? Tratan de mantenernos en la autodefensa, que tengamos que estar permanentemente en tensión, en una dinámica de respuesta a una agresión que perdamos energía y tiempo. Defendiéndonos en vez de crear. Porque en la medida que podamos construir cosas que sirvan de ejemplo para cuestionar su propio sistema, que es muy grande, pero con los pies de barro vamos a ser sus enemigos. Nosotros no tenemos uniformes, ni jerarquías, ni metralletas, es más, estamos en contra de todo ello. Y con las drogas, ¿cómo lo llevan? “Creemos que el tema de las drogas es muy personal. Drogas han existido siempre. Estamos en contra del tráfico, la mafia policial y los políticos. No estamos contra las drogas, sino en contra de la mafia de las drogas. En Valencia se consume mucho, desde el hash, anfetaminas, mezcalina, ácidos y derivados de éste. Lo que sí nos preocupa es la heroína, pero no de los enganchados, a quienes les damos charlas y una alternativa para salir. Algunos de los sectores de la sociedad los critican por ser sucios y desaliñados… Posiblemente, pero la televisión te atosiga, te dice como moverte, actuar, como vestirte. Me gustaría saber, si la televisión no existiese, como andarían vestidos ellos”.

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