1993 Nativos Asháninkas Perú

Reportaje y fotos: Verónica Sáenz

MORIR EN UNA GUERRA AJENA

El General de Brigada Luis Pérez Documet -entonces jefe político ­militar del frente Mantaro- sacó del cajón de su escritorio la carta astral sobre la Operación Ene. Tres círculos, de los que partían 12 radios con números y anotaciones, resumían la expresión místi­ca de la acción antisubversiva del ejército en la tierra de los nativos asháninkas, dominada desde 1987 por la guerrilla de Sendero Luminoso.

Tras doblar la carta astral, el general se puso de pie y con las manos cru­zadas a la espalda comenzó a caminar por la oficina. Parecía nervioso. La ope­ración había comenzado. El oficial se sentó, desdobló la carta astral y, abriendo los ojos, comentó a CAMBIOI6: «Antes de que los 585 soldados entraran en com­bate les saqué el espíritu del cuerpo con mis conocimientos sobre la cuarta di­mensión. Les hice combatir su propio miedo».

La falta de decisión política y de re­cursos económicos del gobierno peruano conducido por el presidente Alberto Fujimori, impidió la entrada del ejército en los valles de la selva central peruana hasta mayo de 1991. Ahora, casi dos años después, parece que el es­fuerzo por parte del Gobierno y el sufri­miento de la población -más de 3.000 nativos y mil colonos han muerto o desa­parecido- han sido inútiles. Los asháninkas que quedan están muriendo lentamente, sin alimentos ni medicinas. «Estamos más prisioneros que nunca, recluidos en este pequeño terreno. Necesitamos vivir como antes, en nuestra selva, con nuestros ríos, con tranquili­dad» – nos comenta angustiado uno de ellos refugiado en la base del ejército.

PRISIONEROS EN SU SELVA

Los asháninkas habían vivido siem­pre en libertad. Eran nómadas dentro de un mismo territorio: cazaban, pescaban, recolectaban y sembraban yuca básicamente. Hasta entonces habían per­manecido ajenos al desarrollo de las grandes ciudades y el Estado, a su vez, ajeno a sus necesidades.

A partir de 1980 los habitantes del campo y la ciudad de Ayacucho, huyendo de la pobreza y la violencia, empezaron a bajar desde la sierra por el río Apurímac para colonizar las tierras de los as­haninkas, entre los ríos Ene, tambo y Perené, en la selva central de Perú.

Tras los colonos y por la misma ruta, llegó Sendero Luminoso. Los senderistas eran empujados por la represión militar y por el rechazo de la población ayacucha­na, que condenaba la crueldad del grupo armado. Sin embargo, lo más importante para Sendero Luminoso era encontrar en los ríos de la selva nuevas rutas para lle­gar a sus bases instaladas en la región del Alto Huallaga, dónde obtenían recursos al cuidar las pistas de aterrizaje clandestinas del narcotráfico, ya que los caminos de la costa y de la sierra estaban plagados de bases y patrullas militares.

 

“Sendero Luminoso sometió primero a los colonos del Apurímac, para luego ir hacia el norte, remontar el río Ene y dominar a las comunidades nativas con violencia y sometimiento. Los asháninkas, ajenos a toda concepción política, opu­sieron poca resistencia a la implantación del nuevo «Estado» senderis­ta. 

 

En la mayoría de las oca­siones los terroristas obligaban las comunidades a matar a pobladores de su propia comunidad a cambio de sal­var su vida.  Una vez conse­guida la sumisión a Sendero, el colono o el nativo aceptaba ser jefe y controlar a la pobla­ción, a los encargados de seguridad, producción agrícola y organización.

 

Sendero Luminoso agrupó a las familias nativas de distintos grupos familiares, para te­ner un mayor control del terri­torio y de la población. A su vez, colocó a sus hombres en las márgenes de los ríos Ene, Tambo y Perené con el fin de paralizar el comercio fluvial entre las comunidades de la selva central.

 

De este modo, los terroristas eran dueños de cuanto existía en esos valles. Nativos y colo­nos estaban obligados a entregarles parte de sus cosechas y alimentos. Cada cierto tiempo, Sendero visitaba las comunidades y se llevaba a algunos jóve­nes para hacerlos trabajar en campos es­tratégicamente ubicados, con el objetivo de que, si el ejército atacaba, la subver­sión encontrara alimentos para sobrevivir. 

 

 

Los senderistas habían creado en la selva las escuelas más grandes de todo el país y las bautiza­ron con nombres como Sol Naciente, Nueva Liberación o Sello de Oro. De sus paredes colgaban cuadros de Karl Marx, Vladimir ILich Lenin, Mao Tse-Tung y del líder senderista -hoy en prisión– Abi­mael Guzmán. 

 

En ellas los alumnos, des­de los ocho años, estaban empadronados como combatientes y aprendían a ser miembros del Partido Comunista. Un lava­do de cerebro que se repetía cada mañana. Carlos Delgadillo fue profesor de la ahora desaparecida comunidad de Ca­mantavishi. «Cuando llegó Sendero -dice-, nos cambiaron las materias escolares y nos obligaron a enseñar los acuerdos, normas y principios del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso. Para los niños, el presidente del Perú era Gonzalo [Abimael Guzmán] y la bandera era roja, con la hoz y el martillo»

 

 OPERACIÓN ENE

 

El general Pérez Documet decidió in­tervenir en la selva el 12 de mayo de 1991. Disponía de cinco helicópteros y 585 soldados que serían desplegados en las zonas donde Sendero Luminoso tenía sus bases o ejercía un mayor control.

 

El temor de los soldados era lógico. Sendero había mandado a los ashaninkas construir fosas en la tierra con flechas clavadas punta arriba, disimuladas entre la ve­getación, para frenar la entrada de las pa­trullas. Había convencido a los nativos de que ellos también eran senderistas y serían ase­sinados por los militares.

 

 

 

 

Al aparecer los helicópteros se produjo la estampida. Al­gunos siguieron a Sendero otros se escon­dieron en la selva. Cuando llegaron los soldados las aldeas estaban vacías. El Ejército estableció allí sus bases, mientras las patrullas buscaban a los senderistas.

 Así comenzó la cacería: disparar a todo lo que se moviera. Cientos, miles de perso­nas murieron acribilladas por las balas. Otras tantas por el hambre, que les atena­zó a los pocos días.

 

 Dos semanas después de la estampi­da, algunos nativos y colonos, can­sados y hambrientos, comenzaron a llegar a las bases del Ejército, con la ropa hecha andrajos y enfermos de sar­na, malaria y miedo.

 

“De las 18 co­munidades asháninkas que existieron

en el valle del río Ene, sólo quedan dos, Cu­tivireni y Valle Esmeralda, ahora habitaba básicamente por colonos, donde están unos 2.000 sobrevivientes, menos del 50 por ciento de la población original” 

 

Gran parte de la zona sigue dominada por Sendero Luminoso. Los nativos que escaparon y viven en las bases militares, nada pueden hacer por recuperar a sus familiares que no lograron huir y continúan controlados por Sendero Luminoso.

 

La demora hastía y desgasta los ánimos. Se espera que el ejército peruano im­pulse la Unificación Asháninka, que reúna a los jefes guerreros del Gran Pajonal, al norte del Perené, del Tambo y del Ene para formar el gran Ejército Asháninka, quienes conocen el territorio, y poner fin a esta masacre. Por ahora, la calma indica que la lucha por el territorio se ha estancado. En un principio el ejército repartió escopetas Winchester entre los asháninkas para que se defendieran. Pero las armas y las mu­niciones son pocas. Además, las patrullas mixtas de soldados, ayacuchanos y nativos asháninkas ya casi no prestan servicio.

 

 

El ejército, aletargado, espera su relevo a pesar de que aún deambulan por la selva cinco comunidades nativas bajo el control de Sendero.

 

Al Estado le queda documentar y cen­sar a los nativos, delimitar la zona Asháninka, evitar que continúe la colonización y fomentar ese desarrollo que los nativos ya han tenido la desgracia de conocer.

 

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